martes, 5 de febrero de 2013

Oscurantistas actuales


La verdad, no sé por qué le pusieron Clara. Ella es tan oscurantista. Salvando las distancias con los detractores del Iluminismo, por supuesto. ¿En qué sentido, entonces? En el sentido que no quiere enterarse de las cosas como son. Le ha caído una noticia como un balde de agua fría. Se ha quedado atontada con una mirada, sí, la del compañero que la ha mirado, valga la redundancia. No ha querido pensar que tiene ojos para otra. Los ojos no son de nadie, le dije,  y le recordé que ella cada tanto se veía con su ex. Pero igual, ella me pone como excusa que está dejando la relación, que está abierta a una nueva relación.
"¡Para qué desperdiciar miradas que sugieren!?" me gritó tan fuerte que pensé que todos se daban vuelta en el café en el que estábamos. Por suerte, había mucho bullicio y casi nadie se percató. Apenas se dio vuelta el viejo de la mesa de al lado.
"No todas las miradas son concluyentes" le dije, y le expliqué que uno miraba miles de veces hasta sentirse respondido en una mirada, y ahí venían otros gestos, situaciones corporales, y demás.
La cuestión es que vio al compañero con su novia, paseando por su barrio, su barrio tranquilo, su refugio de paz (sí, ya sé, suena muy cursi) Parece que tenía un familiar que visitar, o algo así, no interesa. Pero es cierto, cuando uno no quiere enterarse, no quiere enterarse, prefiere vivir en la fantasía y no tener nada que ver con la realidad. Nada que ver. Y menos en su lugar personal selecto.

lunes, 7 de enero de 2013

Tu historia


Tu historia clínica la guarda tu Obra Social
Tu historia laboral la tiene Linkedin y otros
Cómo fue tu paso por la Escuela, lo sabe el Ministerio de Educación
Tu historial en búsquedas y tus correos, lo mantiene Google y otros
Cuántas veces te casaste, cuántos hijos tuviste, el Registro Civil
Tus antecedentes delictivos los maneja la Policía
Tu historial impositivo lo archiva la AFIP


“Si la historia la escriben los que ganan, entonces quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oír que oiga?” (Lito Nebbia)

domingo, 25 de noviembre de 2012

Ojos

Mi amiga Clara sigue dándome qué escribir. Me vive pidiendo que le de una respuesta a casi todo lo que le pasa. Imposible, le dije que no estoy en su mente como para pensar por ella. Calculo que ya lo sabe, pero igual insiste.
Vayamos al punto. Ser soltera a cierta edad y en una ciudad como ésta, implica arriesgarse. No sé muy bien a qué. Supongo que arriesgarse a conocerse más una misma, cuestión a veces dolorosa, sintomática y confusa. Nadie sale ilesa de tal empresa.
Por otra parte, más allá de ser soltero o no, uno no está inmune a ciertas actitudes de los demás para con uno.
Paso a explicar. Clara ha estado en el foco de un par de ojos. No es que simplemente fueran unos ojos lindos, sino que esos ojos la miraban y le decían algo más, algo que Clara no supo explicarme, pero que seguramente fueran cosas lindas. El único problema es que no eran unos ojos pasajeros, es decir, pasajeros de un tren, de un colectivo, de un avión, de una bicicleta, o pasajeros de a pie. Para nada, esos ojos tenían base de sustentación y pies y van y vienen y se quedan quietos, se sientan, hablan, saludan y entran y salen del trabajo. Porque Clara fue sorprendida por los ojos de un compañero de trabajo. Esos ojos hacen todo eso, pero no le hablan, o por lo menos solamente le hablan en lenguaje visual, ya sabemos que es un lenguaje un tanto inespecífico.
Entonces Clara sigue hipnotizada y piensa que nunca podrá romper ese hechizo, que nunca podrá dejar de pensar en esos ojos, nunca podrá imponerles presencia, cuerpo, actitudes, defectos y demás cuestiones que deben tener los ojos.
Lo más drástico sigue siendo que no son ojos pasajeros, sino que son ojos para ver todos los días. Es verdad, ella tampoco sabe qué decirles, ¿cómo se relaciona uno con unos ojos? ¿Los saluda, les dice "cómo están"? ¿Les habla de algo o simplemente los acompaña a su lado? ¿Los puede invitar a tomar un café o a caminar cerca del río?

sábado, 28 de abril de 2012

de las mil y una formas de morir

La primera vez que fui enterrado era una hermosa mañana de invierno. Había hecho un viaje extenso, realmente muy largo. Fallecí en el extranjero. El médico había decidido que era momento de irme cuando estaba conversando amablemente con Sofía. Sofía, ¿Es posible que se haya acercado hasta aquí? Pobrecita. Está vestida con un sobretodo adecuado para el clima, se calzó unas botas con piel y se puso su cachemir rojo. Aún así, creo que está sintiendo un poco de frío, quisiera poder abrazarla. Ese había sido mi primer funeral, sobrio, desgarrador y emocionante. Yo era muy joven, con un futuro prometedor. Fui doctor en ciencias políticas. Una persona muy buena, estudiosa, adorable. Pero en aquellos tiempos la ciencia no estaba avanzada, y no pudieron salvarme. Al poco tiempo de ser enterrado vivo, porque no me gusta hablar de muerte donde no la hay, reencarné en un hombre decente, a simple vista, pero con un historial de estafas y malos tratos que no me alcanzaría un velorio entero para hablar de cada uno de ellos. Esa vida no me gustó para nada. Intenté que fuera un hombre de bien, pero se resistía a cada instante. Se empeñó en hacerse adicto a unas drogas durísimas, y tuvieron que enterrar el cuerpo a una mediana edad. Sus hijos salieron bastante bien, aunque uno de ellos pareciera que va por el mismo camino, esperemos que no. En este caso no hubo funeral, el entierro se hizo muy corto. Aún así, asistió gente de mucho dinero, también se acercaron algunos periodistas que el custodio de seguridad no tardó en echar. Al parecer era un tipo muy poderoso. Éramos muy poderosos, en fin, no viene al caso entrar en detalles con alguien que no merece la pena. Me costó mucho volver a la realidad luego de ese escandaloso final, nadie quería cobijarme en su ser, y eso que yo no tenía nada que ver con esa persona nefasta, insensible, que había dañado mi reputación. Pero como todo lo que es bueno tarda en llegar, mi tercera aparición fue dentro de un cuerpo renovado. Mi tío, viajero de cuatro vidas, decía que la tierra hacía bien para el cutis. Ya lo creo, me hizo muy bien a mí, que me la pasé enterrado unos cuatro años. En esta vuelta mi vida fue cortísima, no habré durado más de ciento treinta años, teniendo en cuenta que para esa época la esperanza de vida rondaba los doscientos ochenta. Hay que decirlo, aunque me cueste aceptarlo, que en esta última vida fui un auténtico invisible. Nadie se fijaba en mí, no podía establecer relación alguna con la gente. Mis padres habían fallecido muy jóvenes por las guerras virtuales de los hackers. Y mis hermanos mayores y yo nos las habíamos ingeniado como podíamos para crecer con ese aparato, el adiestrador portátil, una especie de computadora. Establecía relaciones, pero de manera muy vaga. Tuve amores, sí, claro, pero nada estable. Ah, Sofía. Fue así que, llegada mi hora, tuve que propinarme yo mismo mi propio funeral. Parece que ya no existían los entierros como tales, así que fue todo un tramiterío organizarme estando muerto. En una charla que tuve en el limbo con mi tatara tatara sobrinonieto, un curioso de la vida y de la muerte que se ufana de tener ya, a su edad, unas ocho vidas, me hizo dar cuenta de las novedades en funeraria. - ¿Para qué sirve taparse con tierra?- me dijo muy alegremente. Y se esfumó como un holograma haciéndose invisible y dejando estelas de dorada luz. Caí en la cuenta que no tenía ningún sentido para un tipo como yo, seguir pensándome inmortal. Fue entonces cuando la vi. Lucía encantadora, con esas marcas de ser mortal que le quedaban tan bien. Espléndida. No podía dejar de mirarla. Lástima que no pude acercarme; mi rostro no era nada más que un conjunto de sensaciones, medio dispersas, que me permitían, a duras penas, pensar una frase para hablarle. Titubeé un “Sofía, aún por aquí”, pero no me escuchó. Es más, no estoy del todo seguro de haber emitido palabra alguna. La vi acercarse a una de las lápidas. Quizás venía a verme y, ante la falta de funeral, decidió dar un paseo. Preferí no saberlo. Dije “adiós para mí” en silencio. Me hundí en la tierra yo solo; con las pocas fuerzas que me quedaban, me até los pies a unas raíces nuevas de quien sabe qué planta, y coloqué mi cuerpo tierra adentro. Jamás volví.
En primavera, florecí amapolas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

quiero ser una tortuga bebé

...te digo que ahora todo me resulta
un ataque de vida,
y en tus ojos lo único que cabe
es aún la necedad.
Me gustaría saber qué sentís
ante este abuso del lenguaje.
Porque, dejame pensar,
¿No es esto un ultraje en verdad?
Nos pasamos la vida escribiendo
interminables tapetes de colores
metáforas y albures constantes
y ni siquiera usamos la voz
¿Gritaríamos amores?
¿Escupiríamos verdades?
¿Callaríamos fracasos?

Como tortugas bebés
buscamos el mar,
que avanza, se escapa como siempre.
Me pregunto si este lugar innombrable
que nos acercan como dulce selecto
es el mar profundo que queremos.
Si acaso no será un espejismo
que se posa en nuestros ojos
para hacernos confundir.
Resulta que un feliz tortugo ríe
en la cresta de la ola.
Nosotros, perros del deseo,
peleamos por el hueso
que el tortugo arrojó desde el mar.

martes, 12 de enero de 2010

Alucinaciones Baratas

"...Veo, veo…qué ves… una cosa… qué es…”

El coro de frecuencias musicales que iban y venían entre desafinadas y rasposas empujaba a la misma masa de gente que lo avivaba. O viceversa. Mario y José estaban en las plateas más altas, observando todo.
- Ché, tendríamos que haber comprado un, ¿cómo se llama?
- Largavista.
- Sí, eso.
- ¿Te parece?, ya con lo que pagamos por la entrada…
- Bué, pero así no se puede ver nada. ¿Ya salió Fito?
- No, todavía no llegó.

Mario enfocaba los ojos tratando de divisar el escenario. José miraba hacia algún lugar del horizonte marcado por el borde superior del estadio. Y la gente, allá abajo, se agolpaba para ocupar los primeros puestos, esperando que el artista entrara y diera el recital.
- José, ¿vos fuiste el que compró las entradas? ¿Tan baratas las conseguiste?
Mario seguía achicando los ojos. Hizo un paneo de izquierda a derecha y se detuvo de pronto, abriendo bien los ojos.
- Mirá, ¡zafamos!, hay pantalla gigante.
- ¿Dónde? Ah, sí, allá, ¡qué bueno!

Pasaron dos canciones. Una del primer disco. La otra, nueva. Los dos amigos estaban callados. No había suficiente clima para cantar allá arriba.

- ¿Viste quién está en la pantalla, Marito?
Mario mira, pero no contesta nada y tuerce la boca.
- ¡Vero!, ¿cómo es que no la reconocés? Mirala, ¡Es ella!, los ojos, la cara, está sobre los hombros de un tipo …
- No, esa no es Vero… –interrumpe Mario un poco ofuscado.
Mario se quedó quieto, frunció apenas el ceño y no despegó la vista de la pantalla por un buen rato. Las imágenes de personas se alternaban con las del cuerpo lánguido del artista saltando y gritando desaforadamente. Hasta que se convenció: sí, era Vero. Pudo ver con más precisión sus brazos descubiertos, sus pechos bien formados debajo de la musculosa roja, sus ojos alegres. A ella siempre le gustó Fito.
- Y… al final, ¿es o no es?
- Sí…
- ¿y al chabón ese, lo conocés?
- No sé, no tengo idea, ¡qué sé yo!
- Bueno, preguntaba. ¿Querés un faso?
- No.

José encendió un cigarrillo y se puso a tararear bajito el tema que el artista cantaba en ese momento. Su amigo siguió mirando la pantalla gigante. Se la quedó mirando hasta que terminó el recital. La cámara no se movía. Cambiaban las imágenes, pero Mario seguía buscando a Vero, como queriendo llamarla, a ver si todavía lo escuchaba.

- Ey, Mariote, ya terminó. Vamos, que ya hizo el bis y se está yendo todo el mundo, no quiero salir último.
- ¿Viste que tenía la cadenita que le regalé?
- ¿Quién?
- Vero…
- Ah, ¡la reconociste! ¿Eh?, ¡hay amores que nunca se olvidan!
- ¡Callate!- le dijo Mario al tiempo que hizo el ademán de darle una cachetada a José.
Caminaron sin hablar. A medida que se iban acercando a la parada del colectivo la masa de gente disminuía, como harina tamizada.
A mitad de la segunda cuadra, Mario se paró frente a un afiche. “Maldita cocaína”, leyó en voz alta. Arrancó un pedazo de papel, la m, la a y la l del principio se esfumaron en el bollo que hizo.
- Mirá, podría decir “bendita” – dijo Mario risueño.
- Ah, tenés razón, toda la razón, si casi siempre la conseguimos al lado de la iglesia, ¿no? – le contestó José.
- Vos. Yo ahora quiero dejarla.
- No vas a poder. Siempre se vuelve.
- Siempre se sale.
- ¿Y ahora la querés dejar? ¿Por qué no la dejaste cuando Vero te iba a dejar?
Mario se queda un rato pensativo. Mira los retazos de la entrada y la tira hacia atrás.
- No sé. No me banqué que estuviera en la misma mierda que yo.
- Y cuando ella entró a la clínica, ¿qué?
- No la ví más. Y encima está con ese.
- Ah, ¡el lungo!, lo conocías entonces.
- ¿Lungo?, la pantalla agranda, ché.
- Eso es lo que vos creés, porque sos petiso.
- No, la tele agranda. Todo el mundo lo sabe.
- Claro. Por eso no nos enfocó la cámara. ¿Te imaginás vos y yo agrandados?
Mario escupe una carcajada
- ¿Y de qué nos podemos agrandar?
- ¿…de qué?, ¿de la buena vista? – dice José
Su amigo se ríe, tose y frena de golpe su risa.
- Bué, ahí viene el bondi… ¿tenés…?
- Si, esperate – José saca las monedas.

Suben. Mario se sienta primero. Abre la ventanilla hasta trabarla y deja entrar todo el aire. Saca la cabeza inclinándola hacia afuera y cierra los ojos. Y los abre rápido, como despertando de un sueño para entrar en otro. No vaya a ser que en el camino se le cruce Vero y él se la pierda. Otra vez.

miércoles, 6 de enero de 2010

Young girls

Mi amiga, la antropóloga, se llama Clara. A veces viene y a veces va. En su mente, por supuesto. No es antropóloga aún, porque le falta su tesis de grado. Sí, pequeño demonio, la comprendo simplemente porque soy su amiga. La tesis es un escrito sobre un tema determinado, proponiendo una hipótesis de trabajo. Bueno, ya saben, algo así. De vez en cuando elige un tema, a veces otro, no se decide.
El otro día me habló de las young girls. Young girls de los `50 y de los '90.
- De los '70 no quiero ni nombrarlas, son "patéticas"-me aclaró.
Esta es su tesis:
En el mundo de las young girls las mujeres suelen ser madres. Las que no son madres, tienen amantes "a rolete"
- Ah -le digo- ¿en vez de tener hijos tienen amantes?
- Algo así.
Pero las madres, no tienen amantes, sólo en sus fantasías de películas norteamericanas de cierto estilo.
-¿Qué estilo?
- Aún no lo pienso. Las que no son madres, y no tienen amantes a rolete, no están calificadas.
- Clasificadas, querrás decir.- la corrijo.
- No, no están calificadas como dentro del grupo de las young girls. Porque para ser young girl hay que calificar, no cualquiera puede entrar al grupo. Como una especie de fraternidad.
- ¿Y los hombres de las young girls?
- Son los John Voights.
- ¿John boys?
- John boys, John Voights.
- ¿Hombres de campo?
- Algo así.
- ¿Y si se divorcian?
- O bien pasan al grupo de las que tienen amantes a rolete, o bien son descalificadas. Pero casi nunca pasa, aún en condiciones de pareja desastrosas.
- ¿No estarás generalizando, no?
-¡¡¡No!!! ¡¡¡Las young girls son minoría!!!
- Bueno, no te lo tomes a mal, pero creo que estás siendo un tanto esquemática.
- No lo creo.
- ¿Nosotras somos young girls?
- No, para nada. ¿Viste cuando nos preguntamos si estamos bien vestidas para una ocasión, reunión, etcétera? Bueno, las young girls nunca lo hacen. Salen al mundo siempre seguras. Y esto no es por una cuestión de peso, talla o estatura, no, no, nada que ver con eso. Las young girls irradian seguridad.
- ¿A rolete?
- Sí, exacto. A rolete.

Entendí su hipótesis. Pero le repetí que me parecía que estaba generalizando un poco, y exagerando otro tanto. Se lo dije nomás.
No me contestó nada, y puso un cd: "Since I´ve been loving you" de Led Zeppeling estaba sonando. Al parecer, sí, lo ponía su novio cada vez que lo visitaba en su departamento.
Todavía no se arreglaron.
Me fui, ¿qué iba a hacer?
Me quedé pensando en viejas historias de amores perdidos, engañados, descuidados y no olvidados.